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Monseñor Roberto Joaquín Ramos Umaña

Monseñor Roberto Joaquín Ramos Umaña

141. Si la guerra civil de nuestro suelo, empezó tras la muerte de un Obispo, es decir, nuestro querido beato Monseñor Oscar Arnulfo Romero; años después, terminó sellada con la sangre de otro Obispo mártir: Monseñor Roberto Joaquín Ramos.

24.1. Nacimiento y vida

142. Mons. Ramos nació el 4 de enero de 1938, en Santa Ana. Su padre fue Don Rodolfo Ramos y su madre, Doña Carmen Umaña de Ramos. Padre y madre responsables que sembraron en su hijo la fe: Joaquín heredó una fe sencilla pero sincera de sus padres138. Una fe que abriría su corazón a la vocación sacerdotal, conocida en su momento por Mons. Benjamín Barrera y Reyes quien: Abrió sus brazos al joven profesional, que deseaba seguir el camino del sacerdocio y con su buen olfato de pastor, supo orientarlo y acompañarlo muy de cerca en esta decisión139. Le acompañó hasta darle el orden sacerdotal, el 11 de diciembre de 1971, asignándole a la Parroquia San Antonio del Monte. A partir de ahí, su labor pastoral fue amplia. Ayudó a las parroquias de San Martín de Porres en Cara Sucia, Ahuachapán y Santa Catalina Masahuat; apoyó al Seminario Menor de Santa Ana y al Seminario San José de la Montaña; promovió la creación de la Fundación sí a la vida; y trabajó en la Comisión de Pastoral Familiar; hasta convertirse en Obispo castrense (obispo de los militares). Fue un sacerdote comprometido en el seguimiento a Cristo; algo que, seguramente, le condujo al martirio.

24.2. Muerte Martirial

143. Nadie desconocía que Mons. Ramos había entablado un compromiso con los más pobres y vulnerados de la sociedad: Colaboraré en el laudable esfuerzo que se ha venido realizando desde hace algún tiempo a favor de los derechos humanos, cuyos resultados han sido reconocidos en varias ocasiones por los señores obispos de El Salvador y organizaciones internacionales, no sólo para entrar en sintonía con un signo de nuestro tiempo tantas veces preconizado en los mensajes más recientes del Santo Padre, sino también porque, como cristiano, reconozco en cada semejante la imagen de Dios, elevada desde la encarnación de Cristo a una dignidad sublime (GS 22). Trabajaré con especial dedicación por la vigencia del derecho que es el origen de todos los demás: “que te conozcan a Ti, Único Dios Verdadero y a tu Enviado Jesucristo” (Jn 19,3)140.

144. Un compromiso de esta naturaleza no iba a quedar a oscuras. Los enemigos del Reino, planearon su muerte, quedando como el resto de muertes martiriales, en medio de hechos confusos: El día viernes 25 de junio de 1993, monseñor Roberto Joaquín Ramos Umaña regresaba a El Salvador, procedente de un encuentro pastoral en Costa Rica… al llegar a El Salvador… dispuso viajar del aeropuerto internacional (…) hacia la ciudad de San Salvador, a bordo de un microbús de transporte colectivo que proporcionaba la línea aérea… la señora Flores de Durán le ofreció a monseñor… llevarlo a la ciudad de San Salvador a bordo del vehículo de su esposo, el señor Edgar Vidal Durán Flores… cuando el vehículo del matrimonio Durán Flores, donde se transportaba monseñor Ramos Umaña, se conducía con destino a la ciudad de San Salvador, habiendo recorrido aproximadamente 6.5 kilómetros después del aeropuerto internacional de El Salvador, con dirección de oriente a poniente, aproximadamente 2.5 kilómetros después del lugar donde se encuentra lo que fuera el primer peaje después del aeropuerto, repentinamente, el vehículo donde se conducía monseñor Ramos Umaña, fue atacado con arma de fuego, por un número indeterminado de sujetos desconocidos, los cuales, sin hacer señal de alto ni colocar ningún obstáculo en medio de la vía para obstruir el paso, dispararon a dicho vehículo, penetrando tres disparos por la ventana de la puerta trasera izquierda del citado vehículo, impactando dos disparos en la región izquierda de la hemicara y el tercero en el lado izquierdo de la región del hemicuello de monseñor Ramos Umaña. A consecuencia de dichos disparos, monseñor Ramos Umaña resultó mortalmente herido, entrando en estado agónico de inmediato141.

145. Así murió el segundo Obispo mártir de este país. Asesinado en extrañas circunstancias, que por uno u otro motivo jamás fueron esclarecidas. Su nombre mismo quedó silenciado en un pasado que la grave situación de violencia y muerte que azota al país desde hace largos años, no permite recordar. Tristemente nuestra historia no tiene tiempo para recordar a sus víctimas en forma adecuada. La pregunta es por qué. ¿Se busca esconder a los victimarios? ¿Se quiere defender un sistema injusto, violento, de muerte, que beneficia económica y políticamente a unos pocos? Su muerte seguirá cuestionándonos a todos, impulsándonos a la búsqueda de un sistema legal justo y equitativo donde la justicia y la paz sean una realidad para este pueblo que ya ha sufrido demasiado. Por esta razón, queridos hermanos y hermanas quiero terminar este largo apartado con unas palabras cuestionadoras impregnadas de denuncia profética y misericordia para con los miles de mártires de este país: En el ámbito civil, gobernantes, militares, políticos, embajadores de los Estados Unidos, empresas privadas… no mencionan a los mártires -lo cual era de esperar-, pero tampoco los han mencionado la mayoría de los jerarcas eclesiásticos, con la excepción de Monseñor Rivera y su empeño en la canonización de Monseñor Romero. La Conferencia Episcopal no ha escrito en quince años un documento serio sobre los miles de salvadoreños a quienes les quitaron la vida, como a Jesús (o como al siervo sufriente de Yahvé) por haber defendido a los pobres y denunciado a los poderosos desde la indefensión. El simple fiel comienza a sentir ese silencio y acaba por introyectarlo… para justificar este silencio se aduce que las cosas han cambiado, y de ahí se concluye -sin que la lógica lo exija- que hay que olvidar el pasado; más aún, recordar a los mártires -parecen decir- traería ahora más males que bienes: traumas sociales e intolerancia, cosas que deben desaparecer del nuevo El Salvador142. Hoy, a cuarenta años de la muerte martirial de los Padres Rutilio Grande S.J., y a cien años del nacimiento de nuestro amadísimo Beato Monseñor Romero, cambiemos esa mentalidad a nivel nacional, entendiéndolo de la misma forma que minúsculas comunidades eclesiales, en comunión con la Iglesia, lo han hecho, permitiendo la pervivencia de la memoria histórica y peligrosa de nuestros y nuestras mártires.

 

 

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