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El Encuentro con Cristo, La conversión personal y Pastoral

Es muy simple el itinerario formativo de los Discípulos y Misioneros: Pasa de un encuentro con Cristo a una conversión personal, para luego ponerlo todo en función del Reino de Dios y llevar a cabo una conversión Pastoral, esto nos permite adoptar un estilo misionero en nuestra propia vida e iglesia local (Misión paradigmática) y Luego como hermanos planear la misión y llevarla a cabo, mejorando cada día más aquellos aspectos de la misión permanente que nos lleve a ser más efectivos. (Misión Programática).

La conversión es un presupuesto indispensable para la misión. Una vez que Dios se ha revelado por medio de Jesucristo, el ser humano está llamado a dar una respuesta de frente a su propuesta de salvación. La conversión es necesaria, porque los intereses de la humanidad no siempre corresponden con los intereses de Dios. Ya en el prólogo del Evangelio de San Juan se pone en evidencia esta tensión entre Dios y los hombres: Vino a su casa, y los suyos no la recibieron (Jn 1,11); sin embargo, también afirma que a todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios (Jn 1,12).

Por tanto, la participación activa y consciente en la misión implica un acto de libertad. Tanto es así, que no es suficiente con ser una persona bautizada para hacerse llamar «misionero»; nuestro bautismo debe ser puesto en acto por medio de nuestra participación en los demás sacramentos y en la misión de la Iglesia, afirmando nuestra pertenencia al grupo de los discípulos que dan testimonio de Jesús en el mundo.

Todo cristiano, y en modo particular todo católico, debe pasar de un estado de adormecimiento en la fe a un estado activo de participación en la misión de la Iglesia.

Hay distintas expresiones de la conversión. El tipo fundamental es la conversión personal-primaria, es decir, cuando una persona que nunca ha conocido a Jesucristo decide hacerse discípulo de Jesús, es el tipo de conversión que provoca la predicación inspirada en el primer anuncio de la Palabra y que normalmente llamamos kerygma. Es el efecto de la misión realizada en zonas geográficas y ambientes culturales donde Jesús es poco o nada conocido. La conversión personal es el fundamento de cualquier otro tipo de conversión. Ejemplos clásicos de conversión personal son la conversión de San Pablo, que pasa de ser un perseguidor de la Iglesia a ser misionero de Cristo (cfr. Hch 9,1-19); también tenemos la conversión de San Agustín y de muchas otras personas que han pasado de un estado negativo de frente a Jesús a ser intrépidos heraldos de su Evangelio.

Pero cuando hablamos de conversión pastoral ¿a qué nos referimos?

La pregunta tiene dos respuestas: 1) Por una parte, se refiere a todas las personas que tienen una función directiva al interno de la Iglesia (obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos animadores de comunidades, áreas de pastoral y movimientos); 2) Por otra parte, se refiere al modo cómo se desarrolla la acción pastoral en nuestras comunidades, es decir, cuál es el método empleado en la acción pastoral.

Así, cuando la conversión se refiere a los agentes responsables de la pastoral, se entiende el paso de un estado de pasividad ante los desafíos planteados por la realidad a un estado de creatividad pastoral, siguiendo y aplicando efectivamente las directrices dadas por la Iglesia.

En cambio, cuando la conversión se refiere al modo o al método cómo intentamos responder a los desafíos que plantea la realidad, nos referimos al paso de unas estructuras y procedimientos pastorales que no responden a la situación histórica actual a unas estructuras más dinámicas y actualizadas que digan algo a hombres y mujeres de nuestro tiempo.

Es verdad que toda conversión supone una dolorosa ruptura con el estado presente de las cosas para poder dar espacio a una nueva visión. Se trata, como dice el Evangelio, de poner vino nuevo en odres nuevos (Lc 5,38). De modo que la conversión supone un alto grado de humildad, pero justamente la humildad nos coloca en lo más específico del mensaje cristiano: Yo os aseguro: si no cambiáis y os hacéis como niños, no entraréis en el Reino de los Cielos (Mt 18,3).

Fuente: http://elsalvadormisionero.org/node/406

 

Giovanni

Soy testigo de La Misericordia Divina. Trabajo para El Reino de Dios. Sirvo al Señor debido a su infinita misericordia en la comisión de Comunicaciones del Equipo Misionero Arquidiocesano.

Sobre el autor

Giovanni

Soy testigo de La Misericordia Divina. Trabajo para El Reino de Dios. Sirvo al Señor debido a su infinita misericordia en la comisión de Comunicaciones del Equipo Misionero Arquidiocesano.

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