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Curso sobre Las Condiciones para ser Misionero

Clase 1: Primer Pilar la experiencia de salvación

Ser testigo más que reportero.

No podemos dejar de hablar de lo que hemos visto y oído Hechos (4,20).

En el capítulo 6 del documento de aparecida habla precisamente de cuál es el itinerario formativo de los discípulos y misioneros y expresa claramente que el primer punto de partida de todo misionero es la experiencia de salvación a través del encuentro con Cristo que haya vivido en su vida es decir no se puede llegar a ser misionero por una decisión ética sino más bien debido haber experimentado en su propia vida un encuentro con el Señor y una experiencia de salvación.

Por lo tanto para ser misionero no es tan necesario saber mucha doctrina o estar con diplomas en teología o tener una función en la iglesia, si es necesario haber nacido de nuevo como lo exigía Jesús a Nicodemo en Juan 3 3.

Por lo tanto el misionero no es un maestro sino más bien es un testigo qué proclama a Jesús Salvador y da testimonio de lo que ha visto y oído.

El misionero ha experimentado en carne propia lo que es el amor de Dios y su misericordia cómo le sucedió a la samaritana que experimentó el perdón de Dios.

El misionero ha tenido la experiencia personal de ser amado incondicionalmente por Dios normalmente es una persona que han tenido un encuentro personal con Jesús y lo ha proclamado Salvador personal y señor de toda su vida y el Espíritu Santo lo ha dejado marcado con un sello que no se puede borrar y si proclama que Jesús salva es porque él antes ya lo ha experimentado en su propia vida.

Sólo quien ha tenido esta experiencia de amor y de misericordia puede dar testimonio eficaz del poder de la palabra de Dios y su fuerza salvadora.

Los discípulos de Emaús eran simples reporteros que sólo repetía lo que las mujeres decían que los Ángeles habían dicho pero después de su encuentro con Jesús resucitado se transformaron en testigos.

¿Como puedes tener una mayor experiencia de Dios en tu vida?

Dios nos brinda constantemente muchas maneras, medios y oportunidades de Salvación, la mayoría de ellas pasan desapercibidas ante nuestros ojos, ya que la mayor parte del tiempo no estamos consientes de las misma, pudiendo decir que estamos ciegos ante la gracia de Dios y los milagros que él hace constantemente en nuestras vidas.

Puedes comenzar simplemente admirando la naturaleza, ya que la naturaleza misma nos habla en silencio de Dios, con solo contemplarla puedes llegar a percibir a Dios.

Si ya eres un Católico que tiene tiempo en su caminar, sabrás que hay medios de Salvación, Santificación y Espiritualidad profunda entre ellos resaltan La Oración constante, La meditación, Los Sacramentos especialmente la Eucaristía y La Confesión constante, La Lectura de la Palabra de Dios, Los Actos de amor y misericordia , el ayuno constante, etc,

Te compartimos más a continuación:

Diez formas para profundizar nuestra relación con Dios

EL ARZOBISPO CHARLES J. CHAPUT, O.F.M. CAP. nos recomienda esto:

Aquí hay algunas sugerencias – sin ningún orden en particular – que nos pueden ayudar a acercarnos a Dios.ChaputCon el transcurso de los años he escuchado de mucha gente buena que quiere una relación cercana con Dios, pero están bloqueados por lo que ellos perciben como el silencio de Dios. Con frecuencia, a lo que se refieren es, sin saberlo, a que les gustaría que el Señor haga algo dramático en sus vidas, algo que recuerde al Monte Sinaí y que muestre sus credenciales.

Pero, típicamente, Dios no obra de ese modo. No está en el negocio del teatro. Dios quiere ser amado e incluso, en ese sentido, “cortejado”: que quiere decir que no podemos ser compañeros pasivos en la relación. Necesitamos buscar a Dios como lo harían los enamorados.

Entonces aquí tenemos algunas sugerencias – sin ningún orden en particular – que nos pueden ayudar a acercarnos a Dios.

Primero: comienza por escucharlo. La fe no es un programa de doce pasos. Tampoco es un problema de algebra que necesite ser “resuelto”. Es un asunto de amor. Como con el esposo o la esposa, lo más importante que podemos hacer es estar presentes y escuchar. Esto requiere invertir tiempo y concentración. Si cierta disposición de impaciencia o de pretender escuchar no funciona con el cónyuge, ¿por qué habría de funcionar con Dios?

En segundo lugar: cultiva el silencio. No podemos escuchar cuando nuestro mundo está lleno de bulla y juguetes. C.S. Lewis decía con frecuencia que la bulla es la música del infierno. Nuestros juguetes – las cosas que elegimos para distraernos – nos mantienen alejados de concentrarnos en las principales cosas de la vida: ¿Por qué estamos aquí? ¿Cuál es el sentido de mi vida? ¿Existe Dios, y si es así, quién es Él y qué me pide?

Tercero: busca la humildad. La humildad es al espíritu lo que la pobreza material es para los sentidos: el gran purificador. La humildad es el comienzo de la cordura. No podemos realmente ver – mucho menos amar – a cualquiera cuando uno mismo está en medio del camino. Cuando finalmente vemos y creemos en nuestra propia pecaminosidad y falta de importancia, muchas otras cosas se hacen posibles: el arrepentimiento, la misericordia, la paciencia y el perdón para otros. Estas virtudes son las piedras angulares de otra gran virtud cristiana: la justicia. Ninguna justicia es posible en una telaraña de ira mutua, recriminación y orgullo herido.

Cuarto: cultiva la honestidad. La honestidad completa solo es posible para el hombre humilde. La razón es simple. La honestidad más importante y dolorosa es decirnos la verdad a nosotros mismos sobre nuestros motivos y nuestras acciones. La razón por la que la honestidad es un magneto tan poderoso es porque es muy inusual ya que la vida moderna está tan construida sobre el marketing de las medias verdades y mentiras sobre quiénes somos y lo que merecemos. Muchas de las mentiras están bien intencionadas y son incluso inocuas; pero no dejan de ser mentiras. La Escritura alaba a la mujer y al hombre honestos porque son como el aire limpio en un cuarto lleno de humo. La honestidad le permite a la mente respirar y pensar claramente.

En quinto lugar: busca ser santo. Ser santo no significa ser amable, ni quiera bueno, aunque la gente verdaderamente santa siempre es buena y, con frecuencia – aunque no siempre – amable. La santidad significa ser “algo más”. Es lo que quiere decir la Escritura cuando nos dice que estemos “en el mundo sin ser del mundo”. Y eso no sucede milagrosamente. Necesitamos optar por buscar la santidad.

Los caminos de Dios no son nuestros caminos. La santidad es el hábito de buscar conformar todos nuestros pensamientos y acciones a los caminos de Dios. No hay un modelo preestablecido de santidad, así como la piedad no puede ser reducida a un tipo particular de oración o postura. Lo que es importante es amar al mundo porque Dios lo ama y envió a su Hijo a redimirlo, pero sin ser capturado por sus hábitos (del mundo) y valores, que no son santos.

Dios quiere ser amado e incluso, en ese sentido, “cortejado”: que quiere decir que no podemos ser compañeros pasivos en la relación. Necesitamos buscar a Dios como lo harían los enamorados.

Sexto, reza. La oración es mucho más que solo esa parte del día en la que le recordamos a Dios lo que necesitamos y lo que debe hacer por nosotros. La oración verdadera está más en escuchar y está íntimamente ligada a la obediencia. Dios ciertamente quiere escuchar lo que necesitamos y amamos y tememos, porque estas cosas son parte de nuestra vida diaria, y Él nos ama, pero si hablamos no podremos escuchar. Fíjate, además, que no podemos rezar verdaderamente sin humildad. ¿Por qué? Porque la oración requiere que elevemos todo lo que somos y todo lo que experimentamos y poseemos hacia Dios; y el orgullo es muy pesado para ser elevado.

Sétimo: lee. La Escritura es la Palabra viva de Dios. Cuando leemos la Palabra de Dios, nos encontramos con Dios mismo. Pero hay más: J.R.R. Tolkien, C.S. Lewis, Georges Bernanos y muchos otros fueron escritores profundamente inteligentes y destacados, cuyas obras se nutrieron de la mente y el alma cristiana, además de su inspirada imaginación. Leer también sirve para otro propósito más sencillo: calla la bulla que nos distrae de la reflexión fecunda. No podemos leer Las cartas del Diablo a su sobrino y ver un programa de televisión en serio y al mismo tiempo. Y eso es algo muy bueno.

Por cierto, si no has decidido aún lo que vas a hacer extra en el 2014, lee la maravillosa historia corta de Tolkien titulada Hoja de Niggle. Te tomará menos de una hora pero se quedará contigo para siempre. Y luego lee la gran trilogía religiosa y de ciencia ficción de C.S. Lewis: Más allá del planeta silencioso, Perelandra: un viaje a Venus; y Esa horrible Fortaleza. Nunca más verás al mundo de la misma manera.

Ocho: cree y actúa. Nadie “gana” la fe. Es un don gratuito de Dios ante el que necesitamos estar dispuestos y listos para recibirlo. Podemos disciplinarnos para estar preparados. Si buscamos sinceramente la verdad, si deseamos las cosas más grandes que las que esta vida tiene para ofrecer, y si dejamos abiertos nuestros corazones a la posibilidad de Dios: entonces un día creeremos, así como cuando escogemos amar a alguien más profundamente y volcamos nuestro corazón sinceramente a la tarea, entonces tarde o temprano podremos hacerlo.

Los sentimientos son volubles, con frecuencia engañosos. No son la sustancia de nuestra fe. Necesitamos ser agradecidos por nuestras emociones como dones de Dios, pero también necesitamos juzgarlos a la luz del sentido común. Enamorarse es solo el primer sabor del amor. El verdadero amor es más hermoso y más exigente que los primeros días del romance.

Del mismo modo, una conversión al estilo “del camino hacia Damasco” no le sucede a mucha gente y ni siquiera San Pablo estuvo en el camino mucho tiempo. ¿Por qué? Porque al revelarse a sí mismo ante Pablo, Jesús inmediatamente le dio algo para hacer. Conocemos y amamos más profundamente a Jesús al hacer lo que nos pide que hagamos.

En el mundo real, los sentimientos que perduran siguen a las acciones que tienen sustancia. Mientras más sinceros seamos en nuestro discipulado, más cerca estaremos de Jesucristo. Por eso los discípulos de Emaús solo reconocieron a Jesús “al partir el pan”. Solo al actuar en y sobre nuestra fe, nuestra fe se hace plenamente real.

Noveno: nadie llega al cielo solo. Todos necesitamos amigos y una comunidad. A un amigo mío que ha estado casado más de 40 años le gusta decir que el corazón de un buen matrimonio es la amistad. Cada matrimonio exitoso es, al final de cuentas, una profunda y particular forma de amistad que involucra honestidad, intimidad, fidelidad, sacrificio mutuo, esperanza y creencias compartidas.

Todo matrimonio exitoso es además una forma de comunidad. Incluso Jesús necesitó estas dos cosas: amistad y comunidad. Los Apóstoles no eran simplemente seguidores de Cristo; eran también sus hermanos y amigos, gente que lo conocía y lo apoyaba de modo muy cercano. Todos nosotros como cristianos necesitamos también esas dos cosas. No importa si somos religiosos, laicos, diáconos, sacerdotes, solteros o casados, los amigos son vitales. La comunidad es vital. Nuestros amigos expresan y modelan quienes somos. Los buenos amigos nos sostienen y los malos nos socavan; y por eso son tan decisivos para el éxito o el fracaso de la vida cristiana.

Décimo y último: nada es más poderoso que los sacramentos de la Penitencia y la Eucaristía para llevarnos al Dios que buscamos. Dios se hace disponible para todos cada semana en el confesionario y cada día en el sacrificio de la Misa. No tiene mucho sentido hablar del “silencio de Dios” cuando nuestras iglesias están silenciosas por nuestra ausencia e indiferencia. Somos nosotros los que tenemos el corazón frío, no Dios.

Dios nunca ha sido superado en generosidad. Él espera por nosotros en la tranquilidad del tabernáculo y nos ama y quiere también ser amado de todo corazón.

Si estamos dispuestos a dar ese amor, estos pasos nos llevarán a Él.

 

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